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Alfonso ortiz sanchez
26 Sep
8:35

Dudas de la razón

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Por Alfonso Ortiz  Sánchez – Profesor Universidad Surcolombiana

Soy filósofo de profesión; mi nombre es Elpidio Bucurú; estudié en la prestigiosa Corporación Universitaria de Natagaima- CORUNATA- . En mis años de universidad tuve el privilegio de ser alumno del emérito profesor Carlos Martínez, quien fue contratado por CORUNATA gracias a su brillante trayectoria académica. El profesor Martínez nos inculcó una fe casi religiosa en la razón. Todas las acciones del ser humano están orientadas por la razón; motivo por el cual estamos obligados a buscarle una explicación a todos los fenómenos; absolutamente todo tiene una explicación científica, y, por lo tanto, no podemos aceptar fenómenos fantasmagóricos; ni creer en supersticiones; y mucho menos aceptar cuentos de espantos y de brujas.

Gracias al benemérito profesor Martínez, estudiamos a Sócrates, a Platón, a Aristóteles, a Kant, a Hegel, quienes fortalecieron, en nosotros, la fe indeclinable en la razón.

Y yo, un poco ególatra, con el ego bien arriba, miraba por encima del hombro, con aires de infinita superioridad, a quienes no se apoyaban en la razón para encontrar una explicación a cualquier fenómeno. Mi autosuficiencia era tal que le buscaba explicaciones científicas a la risa, al llanto, a los celos, etc.

Pero no solo eso, me jactaba ante mis amigos, y ante la comunidad universitaria, de ser una persona absolutamente racional. Toda mi vida estaba regida, rigurosamente, por la razón. Me consideraba el paradigma de lo razonable. Era tal la fe en la razón que, en algún momento, las personas que no me conocían, que ignoraban los íntimos secretos de mi personalidad, me veían como un asceta próximo a vivir en una humilde choza ubicada en las ardientes llanuras de Natagaima.

Lo que nadie sabía, o por lo menos yo creía que nadie lo sabía era que, furtivamente, me escapaba de la presencia de mi esposa y de mis hijos, para quienes era un hombre ejemplar, y me iba, de noche, a visitar a mis amantes. Tenía cinco amantes, una en Pocharco, una en Tamirco, una en Hilarco, una en Coyarcó, y otra en Doyare. Pues bien, una noche, a las doce de la noche, después de visitar y de cumplir con los deberes de amante furtivo, me despedí de Plautila, mi amante de pocharco. La noche estaba oscura, y relampagueaba en el horizonte; la oscuridad me enceguecía, y no podía orientarme, pues no lograba ubicar el sendero que me conduciría al Magdalena donde tenía la canoa para cruzar el rio y llegar antes del amanecer a mi hogar legítimo donde me esperaban mis esposa y mis hijos; ellos ignoraban mis andanzas.

La oscuridad, y un aguacero torrencial, hizo que me desviara del camino y, de pronto, me di cuenta que había penetrado en un espeso bosque. En un lugar cercano oí terribles quejidos emitidos por un monstruo negro; y percibí una luz sobrenatural como acompañando los quejidos. Fue tal el susto, que ahora no estoy seguro si la luz sobrenatural salía del monstruo, o, por el contrario, eran los destellos de los intensos e innumerables rayos.

El miedo hizo que yo, tan racional, perdiera la razón. Cuando perdí la razón, sentí que alguien del más allá se reía y se burlaba de mí. Ese alguien me decía: “toda tu vida ha sido un engaño. Eres hipócrita ante la sociedad, y por eso llevas doble faz. Tu que eres filósofo, acuérdate de Schopenhauer quien afirmaba, palabras más palabras menos, que el mundo es una creación de la mente humana. Léete la Carta al Greco del escritor griego Niko Kazantzakis quien decía que todas las cosas, visibles e invisibles, no son más que un sueño engañador. Solo existe una voluntad, ciega, sin principio ni fin, indiferente, ni razonable ni irrazonable, fuera de la razón, inmensa…. No hay progreso, ninguna razón gobierna el destino, las religiones, las morales, las grandes ideas son indignos consuelos, buenos únicamente para los cobardes y los imbéciles. Todo esto lo dijo Kazantzakis, y tú deberías tenerlo en cuenta.

Y ya que en tu juventud leías apasionadamente a Nietzche debieras recordar que el filósofo consideraba a Dionisios su verdadero paradigma quien inspiró la tragedia griega asesinada por el análisis racional. El filósofo consideraba que Sócrates con su dialéctica mató la embriaguez dionisíaca.

Y te vuelvo a recordar que para Kazantzakis la embriaguez dionisíaca sobrevive y se perpetúa en los misterios y en los grandes momentos de éxtasis del hombre. Para el escritor griego el espíritu socrático, es decir, la ciencia, ¿tendrá siempre a Dionisios encadenado? O bien, ahora que la razón humana reconoce sus límites, ¿se asistirá a una nueva civilización cuyos símbolo será Sócrates aprendiendo, por fin, la música?….. La época de Sócrates ha concluido. Todo esto lo dijo Kazantzakis inspirado en Nietzche, y tú deberías asimilarlo.

¡Despierta amigo! Quítate la máscara; porque en la realidad tu eres el más fiel y verdadero discípulo de Dionisios: soberbio, irascible, marido infiel, vengativo, ególatra, tacaño con tus hijos, y despilfarrador con tus amantes, cobarde, y pendenciero.

¡Quítate la máscara y no te avergüences! Muéstrale por lo menos a la comunidad de CORUNATA tu verdadero rostro. No te dejes amilanar de la falsa moral impuesta por los conquistadores, y por los doblemente hipócritas colonizadores quienes se inventaron los mitos de la Patasola, la Madremonte, el Mandingas, y el Mohan; los colonizadores inventaron estos mitos para atemorizar a aquellos que se alejaran de su concepto de moral, de una moral hipócrita. Esos mitos, esas leyendas, señalaban el castigo a que estaban expuestos quienes desobedecieran la moral emanada de la santa madre iglesia. La ritualidad indígena se asimiló a lo demoníaco, a la brujería y al salvajismo.

Sigo con mi cantaleta. Acudo a tu admirado Dostoievski para que, de una vez por todas, decidas qué rumbo tomar cuando acudas a la razón y la ciencia.

Pues bien, Dostoievski en sus Memorias del Subsuelo, en forma sarcástica, dice que cuando el hombre obre conforme a la razón y la ciencia dejará voluntariamente de equivocarse. “la ciencia enseñará al hombre que este en realidad no tiene, ni nunca ha tenido, voluntad ni capricho, y que él mismo no es más que un teclado de piano o el perno de un órgano. Que por encima de todo, existen en el mundo las leyes de la naturaleza y que todo cuanto él haga, no se hace conforme a su deseo, sino por sí mismo, es decir, conforme a las leyes de la naturaleza. Por consiguiente, le bastara al hombre con descubrir esas leyes de la naturaleza para dejar de responsabilizarse de sus actos y para que la vida se le presente entonces extraordinariamente fácil. Entonces, todos los actos humanos se codificarán conforme a esas leyes, es decir, conforme a las matemáticas, al estilo de las tablas de logaritmos…. Saldrán ediciones bien intencionadas, similares a los actuales diccionarios enciclopédicos, en los que todo aparecerá tan bien calculado y anotado, que ya no habrá en el mundo lugar para las aventuras ni para actos individuales…Pero resulta que el hombre siempre y en todo lugar, ha gustado actuar a su modo, y no tal y como lo indican la cordura y la ventaja ; es más, incluso es posible desear algo que vaya en contra del propio interés de uno ,y a veces, hasta debería ser positivo actuar así . Porque el deseo propio, voluntario y libre de uno, el capricho, aunque sea el más salvaje de todos, la fantasía exasperada y llevada hasta la locura, forma parte de aquella ventaja que se omitió y que resulta ser la más ventajosa de todas, porque no se atiene a ninguna clasificación, y porque a causa de ella se van continuamente al garete todos los sistemas y teorías imperantes ¿De dónde sacan todos esos sabios, que el hombre precisa indispensablemente de una voluntad que le sea provechosa? El hombre únicamente necesita de una voluntad autónoma, le cueste lo que le cueste, y le traiga las consecuencias que le traiga…Si algún día se encontrara una fórmula que explicara nuestra voluntad y nuestros caprichos, o mejor dicho, que indicara de qué dependen estos, así como las leyes conforme a las que rigen; cómo se reproducen, hacia dónde tienden en cada caso concreto, es decir, que se encontrara una fórmula matemática, entonces, probablemente el hombre dejaría instantáneamente de desear; es más, seguro que dejaría de desear, Pero ¿Cómo se puede desear algo conforme a una tabla matemática? Por si fuera poco, el hombre se convertiría al instante en un simple perno de un órgano de música…Qué otra cosa podría ser el hombre que no deseara nada, que no tuviera libre albedrío ni voluntad…El día en que todo esté explicado y calculado sobre el papel, entonces será cuando desaparezcan los así llamados deseos. Porque el día en que la voluntad esté completamente confabulada con la razón, será cuando razonaremos y ya no desearemos, pues resultará imposible desear algo que no tenga sentido para la razón…Y puesto que la razón y la voluntad estarán completamente calculadas, ya que algún día se descubrirán las leyes de nuestro, así llamado, libre albedrío, será cuando se establezca, algo parecido a una tabla matemática…La razón es indudablemente algo excelente, pero la razón es únicamente razón, y sólo satisface las cualidades racionales del hombre, mientras que la voluntad viene a ser manifestación de la vida entera, es decir, de la vida completa del hombre, incluyendo en ésta, tanto la razón como todo tipo de especulación. Y aunque nuestra vida en esta manifestación se nos presente a menudo como una porquería, es, a pesar de todo, vida, y no mera extracción de la raíz cuadrada. Porque yo, por ejemplo, deseo vivir indudablemente para satisfacer todas mis cualidades vitales, y no solo para satisfacer mi capacidad racional, es decir, para satisfacer únicamente una milésima parte de todas mis cualidades vitales. La razón sólo sabe aquello que le dió tiempo a aprender…La voluntad tiene en cuenta la personalidad y la individualidad. Pero la voluntad, a menudo, y en la mayoría de los casos, está en total y directo desacuerdo con la razón”.

La cantaleta fue larga pero valió la pena. Y espero que recuerdes siempre que el ser humano es razón y voluntad. La voluntad está conformada por todo lo que tú eres detrás de la máscara. No te avergüences, y muestra tu verdadera personalidad, muestra tu auténtica individualidad, como un sello inconfundible y único que te haga diferente de los demás”.

A las seis de la mañana, mojado, aterido, y agotado, recuperé la razón. ¡Otra vez la razón! La infalible razón. La omnipotente, y omnipresente, razón. Así las cosas, quise comprobar la existencia del monstruo negro de horripilantes quejidos: encontré una inmensa burra negra con su burrito recién nacido.

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